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La víspera de su muerte, Hrant Dink entregó un artícu­lo que tenía escrito para la revista Radikal, en el que relata­ba cómo se había con­ver­tido en blan­co del odio y la con­stante per­se­cu­ción que sufrían, tan­to él como su famil­ia y sus seres queri­dos. “Me sien­to como una palo­ma en las calles de una gran ciu­dad, asus­tadiza y libre al mis­mo tiem­po. Pero sé que las gentes de este país no se atreverían jamás a tocar a una palo­ma”, con­cluía.

Este artícu­lo, el últi­mo redac­ta­do por Hrant, se pub­licó en Radikal 2, el 20 de enero de 2007. Mar­il­lac y Turquie Européenne la tradu­jeron al francés y se pub­licó en Fran­cia, el 22 de enero de 2007. Esta­mos de acuer­do con nuestrxs amigxs de Turquie Européenne cuan­do dicen “los escritos de Hrant no deben ser propiedad de nadie, son nue­stro bien común y pat­ri­mo­nio de la humanidad …”. En esta ocasión, nosotrxs lo com­par­ti­mos con nuestrxs lec­torxs en su ver­sión en castellano.


Asustadizo como una paloma

Para empezar, una sen­cil­la obser­vación: me con­denaron a 6 meses por un deli­to que no cometí, es decir, “insul­to a la iden­ti­dad nacional tur­ca”. Hoy no me que­da más opción que la de la Corte Euro­pea de los Dere­chos Humanos (CEDH). Tenía has­ta el 17 de enero para pre­sen­tar mi recur­so ante esta juris­dic­ción: mis abo­ga­dos me han pedi­do, entre otras cosas, redac­tar, como anexo a mi expe­di­ente, una nota rela­tan­do el desen­lace de los hechos.

Por otra parte, me pare­ció que podría ser tam­bién muy intere­sante com­par­tir este tex­to con la opinión públi­ca. Porque a mi juicio, la decisión, en con­cien­cia, de la sociedad tur­ca es tan impor­tante, o más, que la de la juris­dic­ción euro­pea. Si no me hubiese vis­to oblig­a­do a recur­rir al CEDH, tam­poco habría sen­ti­do la necesi­dad de expon­er cier­tos hechos o de expre­sar mi pare­cer en la serie de artícu­los que me dispon­go a pub­licar en Radikal 2. Hubiese podi­do des­de luego guardarme todo esto para mí.

Pero tenien­do en cuen­ta el cariz que ha toma­do el asun­to, lo mejor es al pare­cer divul­gar­lo. La cuestión que todo el mun­do se plantea, no solo yo o los arme­nios, es la sigu­iente: “¿Cómo es posi­ble que todos los que han com­pare­ci­do ante la jus­ti­cia en vir­tud al artícu­lo 301 por ‘insul­tar a la iden­ti­dad nacional tur­ca’ hayan vis­to des­de las primeras audi­en­cias cómo se iban anu­lan­do sus juicios por razones téc­ni­cas o jurídi­cas, y que sin embar­go Hrant Dink, haya sido con­de­na­do a seis meses de cárcel?”

Los que han quedado impunes

No se tra­ta de una obser­vación triv­ial o de una cuestión infun­da­da. No olvidemos los giros y voltere­tas que pre­cedieron al juicio con­tra Orhan Pamuk. “¿Qué hac­er? ¿Cómo quitarse de enci­ma este asun­to?” Para algunos, el pro­ce­so no podía comen­zar sin la autor­ización del Min­is­te­rio de Jus­ti­cia. De modo que con­tac­taron al ministro.

Al com­pren­der que se encon­tra­ba en el pun­to de mira, el Min­istro de Jus­ti­cia, bajo pre­sión, se dedicó a noquear a Pamuk lanzán­dole críti­cas e instán­dole a que declarase “que él no había dicho tales cosas”.

Al final, tuvo lugar la primera audi­en­cia del juicio de Pamuk. Y Turquía sal­ió glob­al­mente ridi­culiza­da tenien­do en cuen­ta los furi­bun­dos ataques que se escucharon en aque­l­la ocasión, de modo que hicieron todo lo posi­ble para evi­tar que el juicio derivase en la repeti­ción de seme­jante infamia: el pro­ced­imien­to judi­cial se inter­rumpió por un defec­to de for­ma antes inclu­so de que Pamuk apelase la decisión del Juez.

El juicio con­tra Elif Shafak cono­ció un rum­bo pare­ci­do. Ya en la primera audi­en­cia, cuya expec­ta­ti­va había gen­er­a­do mucho rui­do y temor en el país, anu­laron el juicio sin que Elif Shafak tuviese que com­pare­cer. Todos podían felic­i­tarse por aque­l­la solu­ción téc­ni­ca. Y el pro­pio min­istro Erdo­gan, se autor­izó de inmedi­a­to una lla­ma­da tele­fóni­ca a Elif para expre­sar­le su satisfacción.

Otros juicios de este tipo se pusieron en mar­cha, prin­ci­pal­mente en relación con artícu­los pub­li­ca­dos por cole­gas peri­odis­tas o académi­cos a par­tir de la primera con­fer­en­cia sobre la cuestión armenia.

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La pregunta sin respuesta

No vayan a pen­sar que estoy celoso. Todo lo con­trario. Soy pre­cisa­mente la per­sona indi­ca­da para cono­cer y empa­ti­zar con el sufrim­ien­to que supone un juicio de este tipo; así como las con­se­cuen­cias de todas las injus­ti­cias infligi­das a nue­stros cama­radas expuestos de esa manera.

No se tra­ta en abso­lu­to de celos. Mi prob­le­ma con­siste en saber por qué la pre­ocu­pación y la aten­ción man­i­fes­tadas durante estos juicios no tuvieron eco en el caso Hrant Dink.

Por otro lado, nos dimos cuen­ta de que estas lagu­nas téc­ni­cas con­fer­ían una especie de vía de escape al gob­ier­no frente a una UE que reclam­a­ba la abol­i­ción del artícu­lo 301: todas estas deci­siones podían con­sid­er­arse ejem­plares. El úni­co caso ante el cual el poder tur­co per­maneció mudo ante los respon­s­ables europeos fue la con­de­na a Hrant Dink. Cuan­do se planteó este juicio en vir­tud del artícu­lo 301, el debate fue engul­li­do por una losa de hormigón.

¿Ya que, en efec­to, “cómo puede ser que los juicios con­tra las per­sonas que fueron arrastradas ante los tri­bunales en vir­tud del artícu­lo 301, por haber “insul­ta­do a la iden­ti­dad nacional tur­ca” se anu­lasen en las primeras audi­en­cias por motivos téc­ni­cos o jurídi­cos, y que Hrant Dink fuese con­de­na­do a seis meses de cár­cel por un artícu­lo en el que, clara­mente no había cometi­do deli­to alguno?”

El hecho de ser armenio

Así es, ¡nece­si­ta­mos respon­der a esta pre­gun­ta! Y espe­cial­mente yo. Porque, en defin­i­ti­va, soy ciu­dadano de este país y pido encar­e­ci­da­mente que se me trate igual que a todos los demás.

Cier­ta­mente he sufri­do muchas otras dis­crim­i­na­ciones rela­cionadas con mi iden­ti­dad arme­nia. En 1986, durante mi ser­vi­cio mil­i­tar en el dec­i­mose­gun­do batal­lón de infan­tería de Deni­zli, todos mis cama­radas fueron ascen­di­dos al ran­go de sar­gen­to tras haber presta­do jura­men­to en la cer­e­mo­nia de grad­uación; tan solo uno sigu­ió sien­do sol­da­do raso. Y ese fui yo. Yo era adul­to, padre de dos hijos. Tal vez no debería haberme sen­ti­do tan molesto por aquel detalle. Al fin y al cabo, tam­bién tenía sus ven­ta­jas: no me asig­naron guardias o misiones del­i­cadas. Pero yo viví muy mal aque­l­la dis­crim­i­nación. Cuan­do tras la cer­e­mo­nia todo el mun­do dis­fruta­ba de aquel momen­to de dicha con la famil­ia, no olvi­daré que pasé dos horas, solo, apoy­a­do en una maldita choza de cha­pa metáli­ca, llo­ran­do a lágri­ma viva.

Y las pal­abras del coro­nel que me mandó lla­mar siguen sien­do una heri­da abier­ta: “no ten­gas pena. Al más mín­i­mo prob­le­ma, ven a verme”.

La con­de­na o la absolu­ción en vir­tud del artícu­lo 301 prob­a­ble­mente no tiene ningu­na relación con la atribu­ción de un ran­go. Por lo que jamás se me oirá decir: “ya que no ellos no han sido con­de­na­dos, tam­poco se me debe con­denar a mi”; o lo que es aún peor, lo con­trario. Pero debo con­fe­sar que, en mi condi­ción de hom­bre habit­u­a­do a todo tipo de dis­crim­i­nación, no puedo con­tener el lógi­co refle­jo de hac­er esta pre­gun­ta: “el hecho de que yo sea arme­nio, ¿tuvo que ver algo en esta decisión, sí o no?”

Lo que sé; lo que presiento

Cuan­do me enfren­to a lo que sé y a lo que sien­to, hay sin lugar a dudas una ima­gen que puede resumirse en pocas pal­abras: algu­nas per­sonas deci­dieron que de aho­ra en ade­lante Hrant Dink se esta­ba volvien­do demasi­a­do incó­mo­do y que con­venía dar­le a cono­cer sus límites. De modo que pasaron a la acción.

Con­ci­bo des­de luego que esta tesis se cen­tra demasi­a­do exclu­si­va­mente en mi per­sona y en mi iden­ti­dad arme­nia. Se puede decir inclu­so que exagero. Pero esta es pre­cisa­mente la ima­gen que mejor rep­re­sen­ta lo que perci­bo… Y los datos de los que dispon­go, así como todo lo que sien­to no me dejan otra opción que esta tesis. Por eso es preferi­ble que les cuente lo que vivo a diario y lo que pasa por mi mente. Después, sién­tense libres de juz­gar como cre­an conveniente.

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Dibu­jo: Tan Oral

Me indican mis limites

Voy a empezar por aclarar lo que sig­nifi­ca la expre­sión: “Hrant Dink está de más”. Hrant llev­a­ba tiem­po lla­man­do la aten­ción y empez­a­ba a molestar­les. Des­de que comen­zó a pub­licar Agos a prin­ci­p­ios de 1996, evo­can­do las difi­cul­tades de la comu­nidad arme­nia, defen­di­en­do sus dere­chos y exponien­do sus prob­le­mas, y , refir­ién­dose a la his­to­ria, defen­di­en­do posi­ciones que no esta­ban en con­formi­dad con las tesis ofi­ciales. Había que admi­tir que había fran­quea­do muchos límites. Pero la gota que colmó el vaso fue la pub­li­cación, el 6 de abril de 2004, de un artícu­lo acer­ca de Sabi­ha Gökçen.

En dicho artícu­lo, fir­ma­do por Dink, tit­u­la­do “el secre­to de Madame Sabi­ha” se men­ciona­ba que pari­entes y el entorno arme­nio de Sabi­ha, habían rev­e­la­do que en real­i­dad Sabi­ha Gökçen, la hija adop­ti­va de Kemal, provenía de un orfe­li­na­to armenio.

Cuan­do el per­iódi­co más ven­di­do de Turquía, el Hür­riyet, se hizo eco de esta noti­cia el 21 de febrero, citan­do extrac­tos de Agos, sucedió lo que tenía que suced­er y Turquía comen­zó a tam­balearse sobre sus cimien­tos. Durante las dos sigu­ientes sem­anas, todos los edi­to­ri­al­is­tas de Turquía aca­pararon la noti­cia y emi­tieron comen­tar­ios pos­i­tivos o neg­a­tivos. Se escucharon tam­bién diver­sas declara­ciones al respec­to. La más impor­tante fue prob­a­ble­mente la que pub­licó el Esta­do May­or del Ejérci­to Tur­co. La más alta insti­tu­ción mil­i­tar tur­ca man­i­festó medi­ante el cita­do tex­to su reac­ción ante los autores de aque­l­la inves­ti­gación: “abrir el debate, sea cual sea la inten­ción, en torno a seme­jante sím­bo­lo es un crimen con­tra la inte­gri­dad nacional y con­tra la paz social.” Según ellos, los autores de aquel tex­to tenían inten­ciones sec­re­tas. Al reti­rar repenti­na­mente a esta mujer, con­ver­ti­da en mito y sím­bo­lo de la mujer tur­ca, el man­to de su “esen­cia tur­ca”, estos indi­vid­u­os intenta­ban crear un seís­mo en el corazón de la iden­ti­dad tur­ca. ¿Quiénes eran esos dese­qui­li­bra­dos? ¿Quién era ese Hrant Dink? Era abso­lu­ta­mente nece­sario mostrar­le sus límites.

Invitación a un encuentro oficial

La declaración del Esta­do May­or tuvo lugar el 22 de febrero. La escuché en casa frente al tele­vi­sor. Aque­l­la noche dor­mí mal. Pre­sen­tía que iba a suced­er algo al día sigu­iente. Mi expe­ri­en­cia y mi instin­to no se podían equiv­o­car. El telé­fono sonó por la mañana tem­pra­no: era uno de los adjun­tos del comis­ario de Estambul.

En tono severo, me comu­nicó que me esper­a­ba en comis­aria, que llevase todos los doc­u­men­tos rel­a­tivos a la cuestión.

Cuan­do le pre­gun­té cuál era el obje­ti­vo de aque­l­la reunión, me dijo que se trata­ba de dialog­ar y de echar un vis­ta­zo a los doc­u­men­tos que tenía en mi posesión.

Llamé a mis ami­gos peri­odis­tas más exper­i­men­ta­dos para pre­gun­tar­les cuál podría ser el sig­nifi­ca­do de aque­l­la lla­ma­da. “Tenien­do en cuen­ta que este tipo de entre­vis­tas no es habit­u­al, no es un pro­ced­imien­to legal. Sin embar­go, sería pru­dente acep­tar la invitación y apor­tar los doc­u­men­tos solic­i­ta­dos”, me aconsejaron.

Mantenerse en guardia

Seguí sus con­se­jos, cogí los doc­u­men­tos y me pre­sen­té ante el adjun­to del comis­ario. Un hom­bre muy agrad­able. Cuan­do me hizo pasar a su despa­cho, me di cuen­ta de que había sen­tadas allí otras dos per­sonas, entre ellas una mujer. Me pre­gun­tó cortés­mente si aque­l­las dos per­sonas, que me pre­sen­tó como gente cer­cana, podían asi­s­tir a nues­tra char­la, si no veía ningún incon­ve­niente. Tenien­do en cuen­ta la cor­dial­i­dad reinante, me sen­té y respondí que no me molesta­ba en absoluto.

Sin más preám­bu­los, el fun­cionario comen­zó: “Hrant, me dijo. ¿Es Ust­ed un peri­odista exper­i­men­ta­do? ¿No sería pru­dente prestar más aten­ción a las noti­cias que difunde? ¿Qué necesi­dad tiene de pub­licar estos artícu­los? Observe el des­or­den que ha provo­ca­do. Nosotros le cono­ce­mos. Pero el ciu­dadano de a pie, ¿qué sabe? Es capaz de atribuir­le por inad­ver­ten­cia otras inten­ciones. Observe el doc­u­men­to que ten­go entre las manos. El Patri­ar­ca arme­nio nos ha con­tac­ta­do: según cier­tos por­tales de Inter­net, algunos dese­qui­li­bra­dos inten­tarían mon­tar opera­ciones que podríamos cal­i­ficar de ter­ror­is­tas, con­tra cier­tas insti­tu­ciones de la comu­nidad arme­nia. Los hemos vig­i­la­do y local­iza­do en Bur­sa y los hemos entre­ga­do a las autori­dades judi­ciales. Las calles están llenas de gente así. ¿No cree que debería tomar en con­sid­eración este tipo de advertencias?”

Uno de los dos invi­ta­dos, el hom­bre, que no volvería a pro­nun­cia­rse, se añadió a la con­ver­sación ini­ci­a­da por el adjun­to del comis­ario. Repi­tió las recomen­da­ciones del adjun­to, con un tono aún más tajante. Me acon­se­jó que tuviese cuida­do y que evi­tase toda ini­cia­ti­va sus­cep­ti­ble de exac­er­bar la ten­sión en el país. “De algunos de sus escritos, aunque nosotros no podamos estar de acuer­do con su esti­lo, podemos deducir que no tiene malas inten­ciones. Pero no todo el mun­do es capaz de adver­tir­lo y puede que ust­ed atraiga hacia sí toda la ira de la sociedad”. Me lo advir­tió en repeti­das ocasiones.

Me con­tenté en explicar cuál había sido mi inten­ción. Por un lado, yo era peri­odista y se trata­ba de una infor­ma­ción que indud­able­mente estim­u­la­ba a todo peri­odista. Por otro lado, tam­bién quería hablar de los que quedaron, de los super­vivientes, ¡en vez de res­ig­n­arme a la prác­ti­ca habit­u­al de referirse a los arme­nios úni­ca­mente a través de sus muer­tos! ¡Pero me esta­ba dan­do cuen­ta de que era aún más difí­cil hablar de los vivos que de los muertos!

Esta­ba a pun­to de salir del despa­cho cuan­do recordé que ni tan siquiera habían insis­ti­do en ojear o recu­per­ar los doc­u­men­tos que había lle­va­do. Antes de entregárse­los les pre­gun­té si los querían. Pero tenien­do en cuen­ta lo que habíamos habla­do, la razón de mi con­vo­ca­to­ria en aquel lugar quedó bas­tante clara. ¡Debía cono­cer las líneas que no debía traspasar… ¡Tenía que ten­er cuida­do!… ¡O las cosas sal­drían mal!

En la punta de mira

hrant dink

Dessin : Izel Rozental

A decir ver­dad, lo que vino a con­tin­uación no fue nada halagüeño. Tras mi con­vo­ca­to­ria en comis­aria, los redac­tores de numerosos per­iódi­cos comen­zaron a mon­tar una cam­paña afir­man­do que yo esta­ba sem­bran­do hos­til­i­dad entre los tur­cos. Para ello se basa­ban en una frase extraí­da de un ensayo que había escrito sobre la cuestión arme­nia. La sac­aron de con­tex­to, la despo­jaron y trans­for­maron. “En las arte­rias que los arme­nios estable­cerán entre ellos y Arme­nia, fluye ya una san­gre regen­er­a­da, despo­ja­da de su “esen­cia turca”. 

Tras estas pub­li­ca­ciones, el 26 de febrero, Lev­ent Tem­iz, pres­i­dente del Cen­tro Nacional­ista de Estam­bul, encabezó la mar­cha de los man­i­fes­tantes que se dirigieron has­ta la puer­ta del diario Agos con el obje­ti­vo de dedi­carme esló­ganes hos­tiles y pro­ferir ame­nazas. La policía esta­ba al tan­to de dicha man­i­festación y había toma­do las medi­das nece­sarias en torno a la sede del per­iódi­co. Todas las cade­nas de tele­visión y per­iódi­cos habían envi­a­do peri­odis­tas. Las consignas del grupo eran muy explíc­i­tas: “Turquía, la amas o te largas”, “Maldito sea el ASALA”, “Podemos apare­cer a cualquier hora de la noche”. En la alocu­ción de Lev­ent Tem­iz el obje­ti­vo qued­a­ba al des­cu­bier­to: “Hrant Dink es a par­tir de hoy el blan­co de nues­tra ira y de nue­stro odio. Él es nue­stro objetivo”. 

La con­cen­tración final­izó. Pero en los días suce­sivos ningu­na cade­na de tele­visión (sal­vo Kanal 7) ni ningún diario (excep­tuan­do Özgür Gün­dem) infor­mó sobre lo suce­di­do. Es evi­dente que el man­do que manip­uló al grupo nacional­ista ante la sede de Agos con­sigu­ió acallar ‑excep­tuan­do dos medios- la difusión de aque­l­las imá­genes y esló­ganes tan poco alentadores.

En el umbral del peligro

Una man­i­festación sim­i­lar tuvo lugar días después a instan­cias de una supues­ta “Fed­eración para com­bat­ir las tesis arme­nias sin fun­da­men­to”. A con­tin­uación, entraron en esce­na abo­ga­dos descono­ci­dos has­ta la fecha, tales como Kemal Ker­inç­siz y su “Unión de Grandes Juristas”.

Ker­inç­siz y sus ami­gos pre­sen­taron una denun­cia con­tra mí ante el fis­cal de Şişli (Estam­bul), que­ja que sirvió para acel­er­ar los juicios en vir­tud del artícu­lo 301, que ya habían empaña­do la respetabil­i­dad de Turquía. En lo que a mí se refiere, en aquel momen­to comen­zó un nue­vo y difí­cil proceso.

En resumen, una especie de ruti­na: a lo largo de toda mi vida no he deja­do de ron­dar, de sen­tirme atraí­do por el ries­go y el peli­gro. ¿O serán ellos quizás los que no han cesa­do de solic­i­tarme? Sea como fuere, aquí estoy de nue­vo al bor­de del precipi­cio, con gente pisán­dome los talones una vez más. Los podía sen­tir, podía adiv­inar su pres­en­cia. Y sabía per­fec­ta­mente que no eran tan comunes y cor­ri­entes y tan vis­i­bles como la mod­es­ta tropa de Kerinçsiz.

Bastaba con leer para comprender

Cuan­do el fis­cal Şişli comen­zó a inves­ti­gar la causa abier­ta con­tra mí por “insul­to a la iden­ti­dad tur­ca”, yo no esta­ba pre­ocu­pa­do. No era la primera vez. Había tenido ya la ocasión de famil­iar­izarme con un pro­ce­so sim­i­lar en Urfa. Me juz­garon por la mis­ma razón a con­se­cuen­cia de un dis­cur­so que pro­nun­cié en Urfa en 2002 en el que había declar­a­do “no ser tur­co… sino ciu­dadano de Turquía y arme­nio”.

De hecho, no tenía noti­cias del cur­so del juicio. No me interesa­ba, deja­ba que mis ami­gos abo­ga­dos se ocu­pasen de las audi­en­cias en mi ausencia.

De modo que acudí a declarar ante el fis­cal de Şişli muy sereno. Con­ta­ba con la evi­den­cia de las fras­es que había escrito. Y en la trans­paren­cia de mis inten­ciones. Al analizar mi tex­to en su inte­gri­dad el fis­cal com­pren­dería ráp­i­da­mente, que dejan­do de lado la frase saca­da de con­tex­to, que no sig­nifi­ca­ba nada en sí mis­ma, resulta­ba obvio que yo no tenía ningu­na inten­ción de “insul­tar a la iden­ti­dad nacional tur­ca” De tal man­era que la come­dia ter­mi­naría ráp­i­da­mente. Esta­ba con­ven­ci­do de que al tér­mi­no de la inves­ti­gación no habría juicio.

Pero para mi sor­pre­sa, el juicio comenzó.

Seguro de mí mismo

Esto no sig­nifi­ca que hubiese per­di­do el opti­mis­mo. Tan­to es así que en un plató tele­vi­si­vo recomendé a Ker­inç­siz que no se ale­grara demasi­a­do, “que no me con­denarían en aquel juicio y que, si al final lo hacían, entonces aban­donaría el país”. Esta­ba con­ven­ci­do de ello. Mi artícu­lo no tenía la inten­ción de insul­tar a nadie, y menos aún a la iden­ti­dad tur­ca. Cualquiera que se tomara la moles­tia de leer­lo en su inte­gri­dad lo com­pren­dería fácil­mente. De hecho, el equipo de exper­tos com­puesto por tres docentes de la Uni­ver­si­dad de Estam­bul lo dejó claro en el informe que emi­tieron al tri­bunal. No había ningu­na razón para pre­ocu­parse, el pro­ce­so judi­cial se toparía en algún momen­to u otro con este malentendido.

Pero no, no sucedió. El fis­cal pidió mi con­de­na a pesar del informe de los exper­tos. Y el juez me dic­t­a­m­inó una pena de seis meses de prisión (condi­cional).

Cuan­do escuché la sen­ten­cia, me vi atra­pa­do por todas aque­l­las esper­an­zas que había ali­men­ta­do en vano durante los seis meses que había dura­do el pro­ce­so. Me encon­tra­ba en esta­do de shock… Mi decep­ción y mi revuelta habían lle­ga­do al límite.

Durante meses había aguan­ta­do dicién­dome por lo bajo: “que se pro­nun­cie por fin el vere­dic­to y que me absuel­van. Entonces os arrepen­tiréis de todo lo que habéis dicho”. En cada audi­en­cia repetían que me había referi­do a la “san­gre tur­ca como a una san­gre enve­ne­na­da”. En la tele­visión, en los per­iódi­cos. Iban alen­tan­do mi rep­utación de ene­mi­go de los tur­cos. Los fascis­tas me agredían en los pasil­los de los tri­bunales con insul­tos racis­tas de todo tipo. Me asfix­i­a­ban con pan­car­tas pla­gadas de imprope­rios. Y cada día lle­ga­ban cen­tenares de lla­madas tele­fóni­cas, corre­os elec­tróni­cos, car­tas ame­nazado­ras. Resistía a base de pacien­cia y me aferra­ba a la per­spec­ti­va de una absolu­ción. Sea como fuera, cuan­do la jus­ti­cia emi­tiese su vere­dic­to, la ver­dad aflo­raría y toda esa gente se aver­gon­zaría de sus actos.

Una sola arma: mi franqueza

Pero cuan­do el fal­lo se hizo públi­co, todas mis esper­an­zas se esfu­maron. Se trata­ba de una situación inco­mod­ísi­ma para un ser humano. El juez había dic­ta­do sen­ten­cia en nom­bre de la nación tur­ca, ava­lan­do de ese modo el hecho de que yo había insul­ta­do a la nación tur­ca. Podía sopor­tar muchas cosas. Pero esta jamás.

En mi opinión, el des­pre­cio o el insul­to en boca de un hom­bre dirigi­do a sus con­ci­u­dadanos, úni­ca­mente por razones de difer­en­cia étni­ca o reli­giosa, no es más que puro racis­mo: un com­por­tamien­to ina­cept­able para mí, imper­don­able. Así fue como respondí a los ami­gos peri­odis­tas que vinieron a com­pro­bar si reafirma­ba aque­l­lo que había dicho sobre un posi­ble exilio: “Ten­go la inten­ción de servirme de mis abo­ga­dos. Apelaré. Y si es pre­ciso acud­iré al Tri­bunal Europeo de Dere­chos Humanos. Si no me absuel­ven, entonces aban­donaré el país. Porque en mi opinión, una per­sona con­de­na­da por haber insul­ta­do a sus con­ci­u­dadanos no tiene dere­cho a vivir con ellos”. Como en cada ocasión, al pro­nun­ciar estas pal­abras, no pude con­tener mi emo­ción. Mi úni­ca arma, mi franqueza.

Humor negro

Pero fíjense en lo que vino después: el mis­mo poder obsti­na­do que había se había esmer­a­do en ais­larme y en con­ver­tirme en blan­co de los tur­cos, decidió en aquel momen­to uti­lizar la mis­ma declaración para abrir un nue­vo juicio ale­gan­do que intenta­ba influir en la jus­ti­cia. Toda la pren­sa del país se hizo eco de mi declaración. Pero atac­aron a Agos: los respon­s­ables de Agos, y un servi­dor, nos vimos proce­sa­dos por haber inten­ta­do influir en la decisión del juez.

Debe ser esto lo que lla­mamos humor negro. Soy el acu­sa­do de un pleito; ¿quién podría ten­er, al mar­gen del acu­sa­do, potes­tad para inten­tar influir en la decisión del juez?

¿Pero están vien­do este gran cir­co?, es decir, acu­san al imputa­do de inten­tar influir en la decisión del juez.

En nombre del estado turco”

Debo con­fe­sar que la con­fi­an­za que tenía deposi­ta­da en las leyes y en el sis­tema judi­cial de mi país dis­min­uyó con­sid­er­able­mente. Esto sig­nifi­ca­ba que, con­trari­a­mente a lo que puedan pre­tender numerosos políti­cos y hom­bres de esta­do, la jus­ti­cia no es tan inde­pen­di­ente. El juez no pro­tege al ciu­dadano. Tiene por mis­ión preser­var al Estado.

Podemos des­de luego pen­sar que lo hace en nom­bre de la nación. Pero en lo que se refiere a mi caso, la decisión de la jus­ti­cia defendía úni­ca­mente los intere­ses de la nación. Por con­sigu­iente, apelaría, pero ¿qué me garan­ti­z­a­ba que las fuerzas que habían deci­di­do reducirme al silen­cio no ten­drían la mis­ma influ­en­cia allá en Ankara? ¿No era pre­cisa­mente este Tri­bunal de Apelación el que había emi­ti­do deci­siones abso­lu­ta­mente crit­i­ca­bles, en par­tic­u­lar en lo que se refiere a los dere­chos de propiedad de las minorías no musulmanas?

A pesar de los esfuerzos del Fiscal General

Así que apelam­os. ¿Y qué sucedió?

El Fis­cal Gen­er­al del Tri­bunal de Apelación llegó a las mis­mas con­clu­siones que los exper­tos de Estam­bul: pidió la absolu­ción. Pero el Tri­bunal de Apelación me con­denó de nue­vo. Así como yo esta­ba seguro de lo que había dicho, el Fis­cal tam­bién esta­ba con­ven­ci­do de lo que había com­pren­di­do, de modo que se opu­so a esta decisión y llevó el caso ante la Sala Prin­ci­pal del Tri­bunal de Apelación. .

¿Pero qué puedo decir? Este poder que se había ded­i­ca­do de lleno a pon­erme obstácu­los y que prob­a­ble­mente había influ­i­do en mi con­tra medi­ante méto­dos que me resulta­ban descono­ci­dos, es decir, este poder salía de nue­vo a la luz. Y al final, la Sala Gen­er­al del Tri­bunal de Apelación, en may­oría, me declaró cul­pa­ble de “insul­tar a la iden­ti­dad turca”

Como una paloma

Quedó muy claro que quienes que se esforzaron en ame­drentarme, en ais­larme, habían logra­do su obje­ti­vo. A par­tir de aquel instante, medi­ante la nau­se­abun­da desin­for­ma­ción con la que habían inun­da­do la opinión pub­li­ca, lograron reunir una can­ti­dad de gente nada des­deñable que veía en Hrant Dink al hom­bre que “insulta­ba a la iden­ti­dad tur­ca”. Los dis­cos de mi orde­nador están sat­u­ra­dos de fras­es car­gadas de odio y de amenazas.

[Una de esas car­tas fue envi­a­da des­de Bur­sa: la trans­mití al Tri­bunal de Şişli porque me pare­ció muy ame­nazado­ra. Sigo sin obten­er respuesta].

¿Cuán­tas de esas ame­nazas son autén­ti­cas, cuán­tas imag­i­nar­ias? Me resul­ta imposi­ble saber­lo. Para mí la prin­ci­pal ame­naza, la más inso­portable, es la tor­tu­ra psi­cológ­i­ca que me infli­jo a mí mis­mo. Lo que me cor­roe por den­tro es saber lo que pien­sa esa gente de mí. Qué lás­ti­ma que aho­ra sea mucho más cono­ci­do que en el pasa­do, que perci­ba tan bien las miradas que me lan­zan: “mira, ese de ahí, ¿no es arme­nio?”. Y yo, en un acto refle­jo, empiezo a tor­tu­rarme de nue­vo. Esta tor­tu­ra tiene dos mat­ices: la curiosi­dad y la pre­ocu­pación. Por un lado, el interés, por otro el miedo. Exac­ta­mente como una palo­ma… Casi como una de ellas, me man­ten­go al ace­cho, obser­vo, a derecha, a izquier­da, detrás o delante. Mi cabeza está tan agi­ta­da como la suya. Y dis­pues­ta a girarse en un abrir y cer­rar de ojos.

! Eh, ustedes, ¡señores Ministros!

¿Qué dijo el Min­istro de Asun­tos Exte­ri­ores, Abdul­lah Gül? ¿Qué dijo su homól­o­go de Jus­ti­cia? “No exager­e­mos la reper­cusión del artícu­lo 301. ¿Han encar­ce­la­do a alguien por eso?”

Como si la prisión fuese el úni­co cas­ti­go. Miren, les doy un ejem­p­lo… ¿Ven­ga, obser­ven con aten­ción… Apri­sio­n­an a un hom­bre en el miedo con­stante de la palo­ma, ¿son capaces ust­edes señores Min­istros, de sen­tir ver­dadero dolor? ¿Han obser­va­do algu­na vez a una palo­ma? Lo que esta­mos vivien­do mi famil­ia y yo no es nada fácil. He pen­sa­do seri­amente en aban­donar el país. Sobre todo, cuan­do las ame­nazas apunt­a­ban tam­bién a mis alle­ga­dos. En cada ocasión, en situa­ciones de este tipo, me he sen­ti­do indefenso.

Hubiese podi­do optar por defend­er mi posi­ción, pero no podía arries­garme a pon­er en peli­gro la vida de mis seres queridos.

Hubiese podi­do ser mi pro­pio héroe, pero no habría podi­do jugar al héroe ponien­do en peli­gro la vida de alguien.

Y en esos momen­tos de pesad­um­bre, reunía a mis hijos, a mi famil­ia. Me refu­gia­ba en su com­pañía. Ellos con­fi­a­ban en mí, con­ta­ban con­mi­go. Don­d­e­quiera que fuese, me habrían segui­do. Tan­to si me qued­a­ba como si me iba, siem­pre estarían a mi lado.

Quedarse y resistir

¿Bien, mar­charme, pero a dónde? ¿A Arme­nia? ¿Alguien como yo, que no sopor­ta la injus­ti­cia, cómo podría aguan­tar la que reina al otro lado de la fron­tera? ¿No cor­rería más ries­gos allá que aquí? Vivir en Occi­dente no iba con­mi­go. Mar­charme para tres días y plantearme regre­sar al cuar­to no era una solu­ción viable para alguien como yo, tan ape­ga­do a su país. ¿Qué habría hecho yo en aque­l­los países?

¡El sosiego me habría aniquila­do! Y, sobre todo, pasar de un infier­no pal­pi­tante a un paraí­so demasi­a­do tran­qui­lo no con­ven­dría a un tem­pera­men­to como el mío. Pertenez­co a esa raza de hom­bres que esper­an que el infier­no se con­vier­ta en paraíso.

Quedarme a vivir en Turquía es por un lado nues­tra vol­un­tad, pero es tam­bién una señal de respeto hacia nue­stros ami­gos, hacia nue­stros com­pañeros y hacia aque­l­los que no cono­ce­mos, que nos apoy­an y que luchan por la democ­ra­cia en Turquía. Por lo tan­to, nos quedaríamos y lucharíamos. Pero si un día nos viése­mos oblig­a­dos a partir…Entonces, como en 1915, nos pon­dríamos en camino… Como nue­stros ance­s­tros… Sin saber real­mente a dónde ir… A pie, por los caminos que mar­casen nue­stros pasos… en el dolor y en la pesadumbre…

Entonces aban­donaríamos nue­stro país. Guia­dos no ya por nue­stros cora­zones sino por nue­stros pies… O lo que sea…

Asustadizo y libre

Espero sin­ce­ra­mente que nun­ca teng­amos que exper­i­men­tar seme­jante par­ti­da. De hecho, ten­emos esper­an­zas y motivos sufi­cientes como para deses­ti­mar algo así. He pre­sen­ta­do hoy una recla­mación ante el Tri­bunal de Estras­bur­go. No sé cuán­tos años más va a durar esta his­to­ria. Lo que sí sé y me tran­quil­iza has­ta cier­to pun­to es que seguiré vivien­do en Turquía has­ta que acabe el juicio. Si dic­tasen un fal­lo en mi favor obvi­a­mente sería una inmen­sa ale­gría. Sig­nifi­caría que no ten­dría que aban­donar el país.

El 2007 se pre­sen­ta aún más com­pli­ca­do que los ante­ri­ores. Los juicios con­tin­uarán. Otros comen­zarán. ¿Quién sabe cuán­tas otras injus­ti­cias ten­dré que afrontar? Pero al mis­mo tiem­po, esta real­i­dad será mi úni­ca garan­tía: sí, perci­bo la pre­ocu­pación y la angus­tia de una palo­ma, pero yo sé que en este país la gente no toca a las palomas.

Las palo­mas pueden vivir en el corazón de las ciu­dades, al calor de las multitudes.
¡No sin temor, des­de luego, ¡pero en ple­na libertad!

Hrant Dink
19 de enero


Traducido por Maite a partir de la versión francesa de Marillac.
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